A principios de
diciembre de 1968 el gerente de una de las sucursales del banco Nihon Shintaku
Ginko en la ciudad japonesa de Kokubunji recibió una carta en la que alguien le amenazaba con volar
su casa si la entidad no pagaba inmediatamente trescientos millones de yenes; el
buen empleado comunicó el intento de extorsión a sus superiores y a las
autoridades, y éstos no tardaron en proporcionar al hombre y a su familia, una escolta
permanente.
Además como
medida de seguridad, en todos los envíos de dinero y en el resto de sucursales se
aumentaron los niveles de protección, todos los trabajadores fueron puestos en
alerta.
El diez de
diciembre, siguiendo con las rutinas normales del banco, cuatro guardas armados se
dispusieron a transportar en coche unos 300 millones con la extra navideña de una fábrica cercana; a medio camino, en mitad de la
carretera, un jovencísimo motorista de la policía, visiblemente alterado, les dio
el alto.
–Bájense –dijo–.
La casa del gerente ha sido atacada, sospechamos que el criminal haya colocado
un explosivo también en éste coche.
Los guardas, al
oír semejante historia debieron pensar “pies pa que os quiero” y obedecieron
con gusto, mientras descendían del vehículo, de repente surgió una llamarada de
humo y fuego bajo el motor.
–¡A cubierto, va
a explotar! –gritó el madero.
Los guardas
corrieron, se lanzaron a la cuneta y besaron el polvo acojonados, con el culo y
los dientes bien apretados, esperaron el gran petardazo que sin embargo no se
produjo.
Para cuando
levantaron la cabeza, coche, policía y parné se habían volatilizado, la cara de
los guardas debió ser un poema al comprobar que la supuesta bomba no era más
que una bengala y que la moto policial era de pega y estaba pintada a mano.
El pájaro voló,
miles de auténticos policías lo buscaron con una ingente cantidad de recursos durante
años pero nunca lo encontraron y aunque lo hicieran hoy en día, el delito ha
prescrito; aquel audaz tipo disfrazado y desarmado, imberbe y con cara de
crío, había cometido el atraco perfecto.
