En 1974 Stephen King estaba más
tieso que la mojama, vivía con Tabitha Spruce en un remolque sin teléfono en
Maine coleccionando negativas de publicación para las cuatro novelas que por
aquel entonces había escrito; libros que dormían el
sueño de los justos en un cajón.
Un buen día, su mujer, después
de leer uno de sus borradores le dijo:
–Stephen, cariño, siempre
escribes cosas sobre machos, creo que no puedes escribir sobre mujeres porque nos
tienes miedo.
Así que, a regañadientes,
indignado, Stephen asumió el reto de escribir poniéndose en la piel de una
mujer y durante aproximadamente un mes comenzó a madurar la idea de una chica
con poderes telequinéticos a la que todo el mundo puteaba.
Después de todo, Stephen no temía
a las mujeres, así surgieron las tres primeras páginas de Carrie, páginas que
acabaron en el fondo de una papelera porque según lo que cuenta el propio King
en sus memorias “…quién iba a querer leer un libro sobre una pobre chica con
problemas de menstruación”.
Por suerte, la buena de Tabitha
andaba por allí, rescató las hojas, las leyó, y con toda seguridad hay hoy un
buen número de editores que están eternamente agradecidos por ello.
