El 12 de noviembre de 1970, un
enorme cachalote de catorce metros de longitud quedó varado sobre la arena de
la playa de Florence, en Oregón, ocho toneladas de mamífero marino que tras
palmar, pronto comenzaron a descomponerse y a inundar el ambiente con un poco
gratificante olor a carne podrida.
Las protestas de los honrados
ciudadanos de Florence no tardaron en llegar y tras un intenso diálogo entre
administraciones, todas ellas intentando escurrir el bulto, la desagradable
tarea de retirar el bicho recayó sobre la división de autopistas del estado, unos
alegres muchachos que decidieron solucionar el asunto como sólo un auténtico yanki
sabe hacer.
Con dinamita.
Con media tonelada de dinamita.
–Creo que vamos a necesitar más –se
oyó decir al ingeniero jefe de la operación George Thorton minutos antes del
gran petardazo.
Aquel día llovió grasa podrida sobre
Florence, piezas de varios kilos que por suerte sólo aplastaron un par de
coches, durante años se consideró la historia una leyenda urbana hasta que
alguien rescató del olvido la pieza grabada para un noticiario local, un bello
documento en el que queda patente que sólo hay una cosa más difícil de eliminar
que un cachalote de ocho mil kilos.
La estupidez humana.